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Hace
veinte años que fabrica los señuelos que han recorrido el
país, y otros países, con singular éxito. Sin embargo,
desde antes de los diez años (y va rumbo a los setenta) ya
pescaba y ha acumulado experiencias como para prestarle
oídos.
“Nuestra travesura era ir a pescar a la costa del río de
la Plata, que no tenía peligros ni contaminación. En casa
nos perdonaban porque traíamos algo para la olla. Vivíamos
en Florida (Gran Buenos Aires), que era el límite con el
campo. Saqueábamos algún cerco de tacuara del barrio, para
armar una caña, conseguíamos un pedacito de corcho y en la
ferretería comprábamos los elementos de pesca: un anzuelo
mosquito para mojarra y un poco de línea. Para conseguir
carnada hacíamos un pozo en cualquier lado y sacábamos
isocas o lombrices.” Primera
escuela Alberto
Juan nos cuenta que un vecino, Ricardo Medina, comenzó a
llevarlo a pescar al muelle porteño de Viamonte de la
Asociación Argentina de Pesca. Con él aprendió el arte de
pescar con carnada natural y líneas de mano hechas con
hilos de albañil y otros que había que cubrir con tanino y
dejarlos secar luego de cada uso. “Los reeles y las cañas
eran importados y costaban una fortuna.”
Juan
vivió la gloria de la pesca en el anexo Chavarri, en el
puerto de Buenos Aires. “Había unas pocas personas que
usaban señuelos. Ibamos muy temprano para elegir los
mejores lugares y en la zona conocida como Villa Tokio, al
fondo, se sacaba todo tipo de peces: armados, bogas, dorados,
manduvas, etc.” Sin embargo, todavía estaba en la etapa
de pesca con carnada natural. Su vecino era un especialista
en pesca de bogas y eso le ayudó a tener una virtud
fundamental en este deporte: la paciencia. “Pescábamos a
pulso, es decir sin plomada ni boya. Cuando tenía algún
toque en la línea, miraba de costado para ver si don
Ricardo me veía. Cuando me parecía que estaba distraído
le pegaba el cañazo, y al instante escuchaba el clásico
‘dejála comer, pibe, dejála comer.’” En
el anexo Chavarri conoció a un pescador que se ubicaba
donde estaba el barco hundido y los ceibos. Siempre tenía,
muy temprano, un par de lindos surubíes. Como era una
especie que casi nadie pescaba, comenzó a charlar con el
pescador, que le contó qué los capturaba con un
artificial, un sonar de Heddon. Como
en la Argentina no se conseguía estos señuelos y eran
caros para importarlos, Juan fabricó uno y, entre fracasos
y correcciones, comenzó a pescar con él. “Luego copié
un flat fish que se usaba para salmónidos, pero que no tuvo
ningún éxito en el río de la Plata. Más adelante hice
uno de poliuretano con una paleta de chapa pero que
trabajaba a flote. No pescábamos nada, pero insistíamos
aun sin saber mucho de spinning. Un día se prendieron los
dos chafalotes más grandes que he visto en mi vida. Fue
contra todas las teorías porque los pescadores usaban los
Magnum de Rapala, que se hunden, para pescar chafalotes bien
abajo.” Producción
en serie Juan
Carlos Tosi, propietario de la desaparecida casa de pesca
Martín Pescador, una de las
más importantes de la zona norte del Gran Buenos Aires, le
mostró unos señuelos Bagley de madera balsa a los que los
dorados los habían destrozado. Lo único que les quedaba
era la paleta y la cola. Se armó, entonces, una discusión
sobre si la industria nacional podía hacer algo similar
para la pesca a trolling. Juan les afirmó que era factible
porque se podía usar un material que no se rompiera como la
madera balsa. Como técnico ortopedista conocía muy bien
esta madera a la que se había reemplazado por el
poliuretano que no se mojaba con la sudoración. “Entonces
hice unos moldes y le llevé a Tosi veintidós señuelos de
poliuretano. Yo nunca había ido al norte a pescar dorados.
Tosi los llevó a esta zona, pero nunca tuve noticias de cómo
habían resultado.” La
ortopedia cayó en una fuerte crisis económica y como Juan
tenía el taller montado se sentía muy mal. En este mal
estado anímico de veinte años de profesión, un cliente lo
invitó a pescar a Corrientes. En esa ocasión, tuvo el
primer dato positivo de sus artificiales a través de la
opinión del presitigioso guía Luis Schulz de Paso de la
Patria, que los había usado con éxito. “Con
ninguna experiencia (usaba una caña prestada y un reel que
fabriqué con la base de un Peter) salimos a pescar con mi
amigo y capturamos unos pocos dorados. Hicimos trolling de
costa casi hasta Itatí. Me parecía una pesca pobre, pero
después me enteré de que el río estaba en pésimas
condiciones e, incluso, la tradicional Fiesta del Dorado
mostró muy pocos ejemplares.” Los
amigos lo animaron a fabricarlos en serie y unos guías los
llevaron a Paso de la Patria. Así comenzó a crecer la
presencia en el mercado. Era una copia del Bagley grande,
que se conoce como Alfer’s Grande, aunque algunos
periodistas lo había bautizado Carmiga sin consultar a
Juan. En
el primer torneo de pesca de dorados en que se usó este
artificial, al principio de la década del ochenta, obtuvo
la pieza mayor y ese equipo salió tercero en la clasificación.
Después de ese señuelo modificó un Bagley chico, cambiándole
la paleta y los triples. “El día en que lo probamos
sacamos catorce dorados. Ese mismo día probamos la primera
Mojarra y los articulados. Los segundos no tuvieron aceptación,
pero el primero hizo gran carrera a partir de que el guía
Zenón Infran lo llevara a Itá Ibaté y empezara a pescar
surubíes. En general nadie iba a pescar surubíes en el
norte, pero la Mojarra cambió esa costumbre. Mucho más
luego de que, un par de años después, se cerrara la
represa de Yacyretá y se acumularan cardúmenes de grandes
surubíes y manguruyúes entre Ituzaingó e Itá Ibaté.” Recuadro Bien
criollos La Banana de Alfer’s es el primer señuelo de desarrollo totalmente nacional. Luego vino el Pirá Guazú (“pez grande” en guaraní), cuyo nombre devino de que el primer dorado que se pescó, con los prototipos de madera, pesó unos diecisiete kilos y, con los modelos de producción, dieciséis kilos. Ninguno de estos dos señuelos se encuentra en el extranjero ni ha sido diseñado sobre la base de otros artificiales. La Banana empezó con la versión de spinning (como la Mojarra) y luego con una grande para trolling pero más larga y con tres triples. Luego se la acortó y en estos días salió al mercado una más corta todavía pero de gran rendimiento. Para estos desarrollos hubo una gran ayuda de los guías del nordeste argentino, especialmente de Lopecito de Paso de la Patria. El se alzó con numerosos concursos de pesca a trolling usando señuelos Alfer’s y veinticuatro ediciones de las cuarenta de la Fiesta Nacional del Dorado se ganaron con estos señuelo, pero en las primeras quince aún no se conocía. Para más datos y teléfonos o mails no duden en comunicarse con nosotros a ![]() |
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