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MEDIO SIGLO PESCANDO CON ARTIFICIALES (PARTE 1)
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Néstor Saavedra

Conversamos con Alberto Juan, fabricante de los señuelos Alfer’s y un verdadero maestro de generaciones en el arte de pescar con engaños. 

  
ALBERTO JUAN

Hace veinte años que fabrica los señuelos que han recorrido el país, y otros países, con singular éxito. Sin embargo, desde antes de los diez años (y va rumbo a los setenta) ya pescaba y ha acumulado experiencias como para prestarle oídos. “Nuestra travesura era ir a pescar a la costa del río de la Plata, que no tenía peligros ni contaminación. En casa nos perdonaban porque traíamos algo para la olla. Vivíamos en Florida (Gran Buenos Aires), que era el límite con el campo. Saqueábamos algún cerco de tacuara del barrio, para armar una caña, conseguíamos un pedacito de corcho y en la ferretería comprábamos los elementos de pesca: un anzuelo mosquito para mojarra y un poco de línea. Para conseguir carnada hacíamos un pozo en cualquier lado y sacábamos isocas o lombrices.” 

Primera escuela

Alberto Juan nos cuenta que un vecino, Ricardo Medina, comenzó a llevarlo a pescar al muelle porteño de Viamonte de la Asociación Argentina de Pesca. Con él aprendió el arte de pescar con carnada natural y líneas de mano hechas con hilos de albañil y otros que había que cubrir con tanino y dejarlos secar luego de cada uso. “Los reeles y las cañas eran importados y costaban una fortuna.”

A medida que el tiempo pasaba aparecieron el nailon, los reeles argentinos, las primeras cañas baratas. “Yo viví esta transición entre una pesca rudimentaria y muy extractiva a una pesca de clubes, con reglamentaciones y con una intención, al menos, de ser menos extractiva y más deportiva --acota Juan--. Los clubes, sin embargo, se volcaron más hacia los torneos en vez de la difusión de la técnica. Las personas que sabían pescar guardaban sus conocimientos como un secreto para ganar los campeonatos. No obstante, había muchos peces por todos lados y sobraba la cantidad y la calidad.”

Juan vivió la gloria de la pesca en el anexo Chavarri, en el puerto de Buenos Aires. “Había unas pocas personas que usaban señuelos. Ibamos muy temprano para elegir los mejores lugares y en la zona conocida como Villa Tokio, al fondo, se sacaba todo tipo de peces: armados, bogas, dorados, manduvas, etc.” Sin embargo, todavía estaba en la etapa de pesca con carnada natural. Su vecino era un especialista en pesca de bogas y eso le ayudó a tener una virtud fundamental en este deporte: la paciencia. “Pescábamos a pulso, es decir sin plomada ni boya. Cuando tenía algún toque en la línea, miraba de costado para ver si don Ricardo me veía. Cuando me parecía que estaba distraído le pegaba el cañazo, y al instante escuchaba el clásico ‘dejála comer, pibe, dejála comer.’”

En el anexo Chavarri conoció a un pescador que se ubicaba donde estaba el barco hundido y los ceibos. Siempre tenía, muy temprano, un par de lindos surubíes. Como era una especie que casi nadie pescaba, comenzó a charlar con el pescador, que le contó qué los capturaba con un artificial, un sonar de Heddon.

Como en la Argentina no se conseguía estos señuelos y eran caros para importarlos, Juan fabricó uno y, entre fracasos y correcciones, comenzó a pescar con él. “Luego copié un flat fish que se usaba para salmónidos, pero que no tuvo ningún éxito en el río de la Plata. Más adelante hice uno de poliuretano con una paleta de chapa pero que trabajaba a flote. No pescábamos nada, pero insistíamos aun sin saber mucho de spinning. Un día se prendieron los dos chafalotes más grandes que he visto en mi vida. Fue contra todas las teorías porque los pescadores usaban los Magnum de Rapala, que se hunden, para pescar chafalotes bien abajo.” 

Producción en serie

Juan Carlos Tosi, propietario de la desaparecida casa de pesca Martín Pescador, una de las más importantes de la zona norte del Gran Buenos Aires, le mostró unos señuelos Bagley de madera balsa a los que los dorados los habían destrozado. Lo único que les quedaba era la paleta y la cola. Se armó, entonces, una discusión sobre si la industria nacional podía hacer algo similar para la pesca a trolling. Juan les afirmó que era factible porque se podía usar un material que no se rompiera como la madera balsa. Como técnico ortopedista conocía muy bien esta madera a la que se había reemplazado por el poliuretano que no se mojaba con la sudoración. “Entonces hice unos moldes y le llevé a Tosi veintidós señuelos de poliuretano. Yo nunca había ido al norte a pescar dorados. Tosi los llevó a esta zona, pero nunca tuve noticias de cómo habían resultado.”

La ortopedia cayó en una fuerte crisis económica y como Juan tenía el taller montado se sentía muy mal. En este mal estado anímico de veinte años de profesión, un cliente lo invitó a pescar a Corrientes. En esa ocasión, tuvo el primer dato positivo de sus artificiales a través de la opinión del presitigioso guía Luis Schulz de Paso de la Patria, que los había usado con éxito.

“Con ninguna experiencia (usaba una caña prestada y un reel que fabriqué con la base de un Peter) salimos a pescar con mi amigo y capturamos unos pocos dorados. Hicimos trolling de costa casi hasta Itatí. Me parecía una pesca pobre, pero después me enteré de que el río estaba en pésimas condiciones e, incluso, la tradicional Fiesta del Dorado mostró muy pocos ejemplares.”

Los amigos lo animaron a fabricarlos en serie y unos guías los llevaron a Paso de la Patria. Así comenzó a crecer la presencia en el mercado. Era una copia del Bagley grande, que se conoce como Alfer’s Grande, aunque algunos periodistas lo había bautizado Carmiga sin consultar a Juan.

En el primer torneo de pesca de dorados en que se usó este artificial, al principio de la década del ochenta, obtuvo la pieza mayor y ese equipo salió tercero en la clasificación. Después de ese señuelo modificó un Bagley chico, cambiándole la paleta y los triples. “El día en que lo probamos sacamos catorce dorados. Ese mismo día probamos la primera Mojarra y los articulados. Los segundos no tuvieron aceptación, pero el primero hizo gran carrera a partir de que el guía Zenón Infran lo llevara a Itá Ibaté y empezara a pescar surubíes. En general nadie iba a pescar surubíes en el norte, pero la Mojarra cambió esa costumbre. Mucho más luego de que, un par de años después, se cerrara la represa de Yacyretá y se acumularan cardúmenes de grandes surubíes y manguruyúes entre Ituzaingó e Itá Ibaté.” 

Recuadro

Bien criollos

La Banana de Alfer’s es el primer señuelo de desarrollo totalmente nacional. Luego vino el Pirá Guazú (“pez grande” en guaraní), cuyo nombre devino de que el primer dorado que se pescó, con los prototipos de madera, pesó unos diecisiete kilos y, con los modelos de producción, dieciséis kilos. Ninguno de estos dos señuelos se encuentra en el extranjero ni ha sido diseñado sobre la base de otros artificiales. La Banana empezó con la versión de spinning (como la Mojarra) y luego con una grande para trolling pero más larga y con tres triples. Luego se la acortó y en estos días salió al mercado una más corta todavía pero de gran rendimiento. Para estos desarrollos hubo una gran ayuda de los guías del nordeste argentino, especialmente de Lopecito de Paso de la Patria. El se alzó con numerosos concursos de pesca a trolling usando señuelos Alfer’s y veinticuatro ediciones de las cuarenta de la Fiesta Nacional del Dorado se ganaron con estos señuelo, pero en las primeras quince aún no se conocía. 


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