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TARARIRAS EN EL ARROYO SEPULTURA

Néstor Saavedra

En San Pedro , Buenos Aires, el agua, como ha sido una característica del último decenio, estaba muy baja y apenas pudimos salir. El hidrómetro local marcaba 0,60 metros. Salimos aguas arriba por el riacho San Pedro esquivando bancos. El viento soplaba moderado del sur, lo que limpió el cielo de nubes amenazantes, pero generó una molesta marejada una vez que entramos en el gran Paraná. Aquí este río es digno de contemplarse. Para esquivar las olas más grandes nos pegamos a la costa bonaerense, pero los bancos de arena y piedra están a flor de agua y son un peligro, si uno no cuenta con un baquiano de los quilates del “Pato” Barros. El cauce se angosta en Vuelta de Obligado, razón por la que se lo elegió como el lugar para intentar parar a los barcos franceses con cadenas, hace casi dos siglos, en un acto tan fallido como patriótico. La gran masa de agua se entuba y adquiere una velocidad tremenda. Los grandes buques, además, deben tomar un par de curvas cerradas y realizar un zigzag solo para conocedores. Si el río es cautivante, el paisaje en derredor no le va en zaga: las grandes barrancas, el castillo de Obligado, las canoas de los isleños y una sábana barrosa y chata del lado entrerriano. Hacia este costado apuntamos ingresando por el arroyo González, al que conozco desde hace un lustro, pero esta vez no lo identifiqué. La boca está casi cegada, pero pasamos bien recostados esquivando palos pretenciosos.

 

Ya en el González la navegación es más tranquila. Quiso el guía comenzar por el punto más distante. Y no se equivocó. Tomamos el arroyo Sepultura, a la izquierda y remontamos unos veinte minutos con un fiel motor de cuatro tiempos a caña que movía la embarcación siempre por el centro sobre no más de un metro de profundidad.


Llegamos hasta una lengua que desagota una laguna ubicada a nuestra izquierda. Pero la pasamos de largo, pues tiene otra salida más arriba y con más agua. Atracamos a mano izquierda de la boca para subir una barranquita y caminar por el lateral de unos quinientos metros de esa salida. Al fondo se queda sin agua porque el estero está seco.


“Pato” sacó la primera pieza con una cuchara. Mientras tanto, Matías lograba dos tarariras chicas, cerca de su propia costa, con un tucán fly. Lo sorpresivo es que ninguno de los dos había hecho más de cinco tiros. La jornada, ya cerca de las 10.30 arrancaba con todo.


Al lado de “Pato” comencé a tener pique casi tiro a tiro. Lo curioso es que, a medida que calentaba el agua, las tarariras se activaban, pero también demostraban cierta selectividad. Tomaban determinado engaño con el que sacábamos dos o tres piezas. Luego parecía que desaparecían, pero cambiábamos el señuelos y volvían a tomar dos o de tres. Se cortaba el pique, poníamos otro señuelo y volvían a picar.


Algunos señuelos tuvieron notable respuesta. No hubo ataques en ninguno de superficie y los de media agua solo cuando se los traía un poco más rápido para que vinieran “rascando” el fondo. Los mejores, por lejos, fueron los spinners. Una cuchara giratoria número cinco de Alfer´s con cuerpo en forma de gusano y paleta perforada por el eje registró tantos piques, que le obsequié una al guía para que la disfrute en sus habituales salidas. Hay una explicación: la paleta perforada por el eje gira a mayor velocidad, con la misma tracción, que la paleta enganchada por un estribo al eje. Por tanto provoca más torbellino en igual espacio y, además, con el cuerpo pesado viene bien por el fondo.

 

Lanzando sobre la costa opuesta se dieron algunos piques con señuelos no bien caían al agua. Por tanto, aproveché para poner algunos de media agua, como un Oreno o un Flat, y, no bien golpeaban la superficie, darles un tironcito corto, para esperar allí la arremetida. En muchos otros casos, las taruchas tomaban casi en la playa desde donde tirábamos, como si atacaran cuando el señuelo subía para salir del agua.

 

Era importante dejar que el señuelo tocara fondo y buscar la tracción apropiada para que viniera raspando el fondo. Como cada señuelo tiene distinto peso y diversa acción, hay que buscar la velocidad apropiada para el correcto funcionamiento. Traer una cuchara rápidamente hace que suba. Traerla lentamente hace que no funcione.


Diego avanzó más al fondo, frente a un lugar donde antes desaguaba otra lagunilla, hoy totalmente seca. Tuvo algunos piques, pero no tanto como en la primera sección. Matías también volvió más cerca de la boca sobre el Sepultura, pues allí la actividad era mayor. Antes de comer unos sándwiches que trajo Diego, en spinning habíamos sacado más de medio centenar de taruchas, todas devueltas al agua.

 

Los mosqueros habían aplastado la rebaba de los anzuelos 2/0 y 3/0, pero con los señuelos de cuerpo es más difícil porque, dado su volumen, se pierden muchas clavadas. Con las cucharas pueden aplastarse, aunque realmente la gran mayoría de los ejemplares no parecen lastimarse mucho sin esta operación mecánica. Salían despedidos una vez colocados en la costa. No necesitamos waders, pues se pesca desde tierra seca y firme.

 

Sobre la costa del arroyo grande vimos también muchas tarariras en sus apostaderos de fondo, pero no tomaron ni moscas ni señuelos. Luego de comer volvimos a la lengua y siguieron los piques hasta que decidimos, cerca de las 16.00, probar la otra lengua, pues esta estaba aprobada sobremanera.

 

En la nueva locación los piques eran mucho más raleados, el fondo estaba más sucio (yuyos) y las taruchas eran más chicas. El agua crecía a ritmo sostenido y esa era la causa de la caída en el rendimiento. No obstante los mosqueros estuvieron en su salsa, porque Diego, por ejemplo, capturó varias con streamers tirando sobre la boca y un poco afuera en la playa de barro sobre el Sepultura. Nos imaginamos lo que va a ser esta parte no bien se caliente el agua.

 

A las 17.00, ya con menos viento y del este, retornamos a puerto para llegar todavía de día. El río había crecido diez centímetros a causa de la intensidad eólica. Los comentarios en la lancha eran todos satisfactorios, contentos de haber pescado en un lugar provechoso el que, pese a la gran presión de la pesca comercial o furtiva, sigue rindiendo muy bien. Quien quiera calentar la muñeca para empezar la temporada (atención mosqueros que se preparan para la temporada truchera del sur), quien ya no aguante más sin ver los señuelos prolijamente en la cajita, quien se desespere cuando escucha la palabra “tararira”, quien no quiera esperar que el agua de las lagunas tome temperatura, quien sufre espejismos de borbollones de agua barrosa, tiene el remedio en las aguas de San Pedro, ricas en agresivas tarariras.
 

 

Para tomar en cuenta

Guia de pesca
“Pato” Barros: 03329-423-317.

 

 

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